
COMPAÑEROS: Guardemos en nuestros corazones la memoria del amigo que acabamos de enterrar. Era un hombre fuerte con alma de niño… Pudo alcanzar la gloria de un artista, de un gran artista, y prefirió la gloria de un ser humano. Pudo asombrar a los demás, y prefirió ayudarlos… Entre nosotros, llenos de odios, él sólo tuvo cariños; entre nosotros, desalentados, él sólo tuvo esperanzas. Tenía la serenidad de los que han nacido para afrontar las grandes tempestades. Fue un gran corazón, noble y leal…; fue un rebelde, porque quiso ser un justo. Conservemos todos en la memoria el recuerdo del amigo que acabamos de enterrar… y nada más. Ahora, compañeros, volvamos a nuestras casas a seguir trabajando.
Así termina Aurora Roja. Y así desearía terminar mi vida. Es la única utopía que concibo. Morir amaneciendo. Consciente del tamaño infinitesimal de nuestro tránsito por la eternidad. Y vacío de tanto darme. Mi abuelo me regaló esta novela de Pío Baroja junto a las otras dos piezas de su trilogía de sueños rotos: La nave de los locos y La mala hierba. En ellas describe con crudeza y pesimismo los tres motores del ser humano: la maldad, la locura y el amor. Yo me quedo con los dos últimos para aniquilar al primero. A los pocos meses murió mi abuelo. Y fue enterrado en parecidas condiciones a las descritas por El Libertario (personaje clave en Aurora roja): bajo una bandera roja y negra; en un ataúd humilde sin marcas ni ceremonias religiosas; y tras una lápida cincelada con la paloma de la paz. Se fue un buen hombre. Rebelde por justo. Y todos a casa.