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Las gaviotas de Solovetskiye


La neurología de vanguardia ha demostrado que el cerebro humano no está programado para buscar la verdad, sino para sobrevivir. Y para conseguirlo, olvida. Nuestra memoria no es más que una selección minúscula y manipulada de la vida que hemos consumido. La mayoría de nuestros recuerdos habita en el desván de los instintos. Y por eso tenemos cuidado al subir las escaleras o encender fuego porque una vez, no recordamos cuándo, nos caímos o nos quemamos. Otros muchos recuerdos se asientan en la mentira que produce la evocación reiterada. El resto es arrojado a la basura del olvido. Incluidos los traumas que nos despedazaron el corazón por el bien de nuestra sanidad mental y emocional.

Pero hay veces que olvidar resulta imposible. Jamás podré borrar de mi cabeza el grito de desgarro en el primer parto de mi mujer. O la mirada de mi hija recién nacida. Ni la amputación hace un año del dedo anular de mi mano derecha. No porque mi cerebro se niegue aceptar la pérdida. No. Me basta mirar la mano izquierda. Soy asimétrico. Como si hubiera muerto a pedazos, el accidente me ha confirmado el insignificante valor de las piezas mutiladas de nuestro cuerpo. No sé dónde está el dedo que me acompañó durante más de 40 años de mi vida. Quemado. Revuelto con mierda y despojos de hospital. Qué más da. Sólo merece la pena la vida y la memoria.

Todas las estructuras totalitarias de poder se apropian de la vida y la memoria para legitimarse. Y amputan lo que nos le conviene. En otro tiempo no demasiado lejano, los regímenes totalitarios hacían desaparecer a sus malditos quemándolos en las plazas, fusilándolos en las cunetas, gaseándolos en campos de exterminio o confinándolos en campos de concentración. Mutilaban la realidad y la hacían parecer completa a los ojos de las nuevas generaciones. Hasta llegaron a matar a las gaviotas de las islas Solovetskiye por temor a que llevaran consigo noticias de los presos de Stalin.

Hoy los mecanismos para controlar la vida y la memoria son más sutiles pero igualmente tolerados por la gente. Quizá el más perverso sea la condena de invisibilidad aplicable a cualquier ejercicio de disidencia física, social e intelectual. No se ven (luego no existen ni importan) los viejos, los locos, los discapacitados, las putas, los pobres y los que escriben o actúan contra la perversión de un sistema dual que simplifica la información (medios de masas) o la aumenta desproporcionadamente (internet). En lugar de matar a las gaviotas, llenamos el cielo con ellas hasta cegar el sol.

La memoria, sin embargo, es más fuerte que las piedras. Los reclusos del Gulag se amputaban un dedo y lo arrojaban al agua para no ser olvidados. Algunos se los comían los peces. Pero otros eran hallados por disidentes que asumían la obligación moral de recordarlos y continuar su lucha. Cada una de mis columnas sólo intenta actuar como un dedo amputado a contracorriente. Un ejercicio de asimetría frente a la homogeneidad informativa. Una mota de silencio entre tanto ruido de fondo. Un gesto de rebeldía humana frente al instinto animal del olvido. Una vez me preguntaron si era columnista y yo contesté: sí, como Durruti. Seamos columnistas cada uno desde su trinchera. Quizá a fuerza de sumar minorías, consigamos formar una inmensa minoría.

Desmemoria ecológica


HIZO frío y calor la primera vez que visité la Axarquía. El frío lo puso el ambiente físico; el calor, el humano. Nos quedamos en una antigua casa labor reconvertida en un cortijo en miniatura para turistas. Quedaba lejos de casi todas partes. Nos sentimos como sobrevivientes de un naufragio tras llegar a tientas por caminos sólo aptos para animales. Una loma arisca nos censuraba el mar y el resto de la sierra. La lluvia y un maldito virus nos confinaron frente a uno de esos artefactos que apenas calienta un radio de dos metros. Un vaho denso envolvía nuestras palabras hasta en la cama. Por culpa de la loma, el sol amaneció para salvarnos como un deudor moroso: nunca demasiado tarde para saldar una trampa. Entonces llamaron a la puerta. Era Antonio, el dueño. Desayunó con nosotros. Y nos describió la casa y sus afueras con una luz inderogable en la mirada. Allí pasó la infancia feliz que todavía le habita dentro de los ojos y le rezuma por la boca. Dormían junto a las bestias en un chozo de diez metros cuadrados. En jergones sobre el suelo. Su madre sólo tenía un vestido para ir al pueblo colgado en el rincón más alejado de los animales. Por las mañanas, secaban pasas para vino y dulces. Por las tardes, jugaba con sus hermanos en el emparrado de la entrada. Cuando le pregunté cómo y dónde vive ahora, se echó el telón en su retina.

La semana pasada un amigo de Archidona nos comentó que su empresa instaló miles de placas solares en la Axarquía a finales de la década de los ochenta. Un proyecto pionero en Andalucía de memoria ecológica. Las casas de labor aún se habitaban la mitad del año, como en la infancia de Antonio, para la recolección y seca de la pasa. Las ayudas sensatas al sector, provenientes de la entonces Comunidad Europea, no modificaron para nada el paisaje secular y morisco de la Axarquía malagueña. Todo lo contrario: aquellas placas solares permitieron a los campesinos obtener la energía necesaria para el riego y la luz nocturna. Pero llegaron los noventa y el desarrollismo infame de la ligereza financiera con tal de construir de cualquier manera y en cualquier parte. La sierra se sembró de cemento. Territorio comanche. El paisaje comenzó a salpicarse de manchas blancas a consecuencia de la viruela inmobiliaria. Los chozos se hicieron cortijos y muchos ayuntamientos también consintieron el tendido eléctrico que antes no existía. Era cais imposible evitarlo. Llegó la luz. La misma que Dios y unos científicos americanos generaron de la nada. La misma luz que ya estaba pero ahora por cables y con la suficiente fuerza para enchufar docenas de electrodomñesticos a la vez. Con esa luz, llegaron los turistas. El dinero. Más ladrillo. Menos pasas. Y el negocio sostenible de las placas solares quebró como una astilla de madera.

Ahora han quebrado las economías mundiales que fomentaron esta locura. No hay turistas. No hay dinero. Pero el daño está hecho. Las casas fabricadas. Estructuras en abandono. Las lomas en barbecho. Y muchos de los hijos de sus padres pasan de las pasas. No recuerdan. Aunque se proclamen verdes y sólo viajen en bicicleta. La verdadera regresión o recesión no ha llegado ahora: vino con la implantación de un modelo de desarrollo que se ha demostrado insostenible. Se alzan las voces lógicas que reclaman energías limpias para la habitabilidad de la Axarquía. Paradójicamente, la que ya existía gracias a una empresa andaluza que ya no existe. El error consiste en tratar la memoria y la ecología como compartimentos estancos cuando son uña y carne. Y confundir el olvido con el progreso. En la Axarquía. En Durban. O en tu cabeza.

Lo que calla el obispo


Foto: Notario
Hace años que la jerarquía católica intenta amputar de la memoria colectiva de Córdoba lo que convierte en única y universal a su Mezquita-Catedral. El proceso se endureció especialmente a partir de 2006, fecha en la que coinciden la polémica subasta de las vigas y la inmatriculación a su nombre del monumento declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco como The Mosque of Córdoba. Para ello la Iglesia Católica utilizó el artículo 206 de la Ley Hipotecaria, reformado por Aznar en 1998, que la equiparaba a estos efectos con una Administración pública. Algo cuestionable en la dictadura cuando la Iglesia y el Estado eran hermanos siameses. Inconstitucional en democracia. De hecho, la Unión Europea ha recordado por enésima vez al Gobierno que la Iglesia Católica es una entidad privada y como tal está obligada al pago de los millones de euros que debe al Estado en concepto de impuestos. Una deuda mucho mayor desde que la Iglesia Católica hiciera suyos clandestinamente miles de inmuebles por toda España, utilizando el privilegio exorbitante que le concedió Aznar. Este escándalo monumental ha sido denunciado en Navarra, Cataluña, Extremadura, Galicia, Valencia o Andalucía por cientos de ayuntamientos, diputaciones e incluso órdenes religiosas que se han visto privadas de los terrenos y edificios que ocupaban. 

Antonio Manuel | "Para muchas personas españolas, todavía moro o marrano son insultos"


Antonio Manuel Rodríguez

¿Cómo comenzó tu preocupación o inquietud por este colectivo caído en el olvido como son los moriscos?

Yo nací a una manzana de la morería de mi pueblo, Almodóvar del Río (Córdoba). Nací 500 años después de la revuelta alpujarreña y justo 700 años después de una revuelta mudéjar que vació mi pueblo de musulmanes. Nada de eso aparece en los libros de historia. Tampoco en las guías turísticas. Fue un hecho crucial que determinó para siempre la idiosincrasia del lugar donde nací, y en el que he decidido libremente vivir y morir. Pero no me di cuenta de lo que significaba hasta que aprendí a mirar mis calles, las casas, los patios, las costumbres, las hablas, y a los vecinos y vecinas con los ojos del que ha resistido íntimamente una expropiación identitaria. Entonces me entendí a mí mismo. Y a buena parte de lo males que han asolado la península ibérica desde el último destierro o extrañamiento de los moriscos hispanos. Fue entonces cuando tomé conciencia de que la reivindicación de la memoria histórica no tiene fecha de caducidad desde la última Guerra Civil española, sino que es necesario remontarse más allá para entender sus causas y la maldición de sus consecuencias. La muerte física y mental de los descendientes de moriscos que decidieron permanecer en la península es exactamente la misma que padecieron los rojos durante y después de la última Guerra Civil. Igual que aquéllos, muchos tuvieron que cambiar sus nombres. Los hijos de mi abuelo, sin ir más lejos. Mi abuelo Antonio El Carbonero era anarquista. Y yo. Sé bien lo que digo.

Antonio Manuel | El corazón de Mansur

Salamu aleikum.

Mansur Escudero en la Fundación Euroárabe de Granada

A la paz de Dios hermano. Un musulmán saluda y despide a un hermano con la palabra paz en los labios y la mano en el corazón. Así me acerqué al sudario blanco y perfumado que envolvía la cáscara del alma blanca y perfumada de Mansur Escudero. Fue la única vez que no correspondió cordialmente a mi saludo. No se levantó de la mesa donde estaba tumbado. Ni me sonrió como de costumbre. Ni siquiera se descubrió la cara. Había muerto. Era verdad. Y sentí un vacío abisal en el pecho. Y un silencio espeso en mi boca. Y luz. Y paz. El mismo vacío y silencio que provocan las estrellas que mueren. La misma luz y paz que tardan siglos en apagarse.

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