
ALICIA en el País de las Maravillas me desconcierta. Como un enfermo mental severo durante un trance efímero de lucidez. No parece un libro para adultos. Pero tampoco un simple cuento infantil por la extraordinaria cadena de metáforas sobre la vida que acompaña cada una de sus escenas. Los niños simplemente imaginan. Los adultos, desconfían de la imaginación. Sirva de ejemplo, la merienda de locos. Alicia se acerca a una enorme mesa. En un extremo, la Liebre y el Sombrerero toman el té, apoyados sobre el Lirón dormido a modo de cojín. Al ver llegar a Alicia, los tres se apretujan al grito de no hay sitio. Ella no hace caso y se sienta en el sillón más ancho. Insolentemente, la invitan a un vino que no existe. Alicia no se arredra y contesta que tal ofrecimiento es una descortesía. También lo es de tu parte sentarte sin ser invitada, le reprocha la Liebre. Y entonces la niña, con razón y justicia, le dice que no sabía que la mesa fuera de su propiedad porque está servida para más de tres personas.
Nuestra democracia cada día se parece más a esta merienda de locos. Una mesa servida para muchos, en la que sólo dejan sentarse a unos pocos. Cada vez menos, después de la reforma electoral perpetrada con nocturnidad por el PPSOE y consentida cómplicemente por las formaciones minoritarias. ¿Quién sabe que en estas elecciones se necesitan avales para poder ser elegible? No lo han dicho los políticos profesionales. Ni los periodistas. No existe una campaña institucional informativa. Sólo silencio. Espeso y negro. Antidemocrático.